Una noche en compañía del niño llorón
http://www.elobservatodo.cl/tmp_images/170/noticia_8491_normal.jpgA veinte minutos en carro, desde Rionegro, en una de las vías que conduce a la ciudad de la eterna primavera, queda el aserradero y más arriba la finca donde reside Alejo y su familia. A diferencia del casco urbano, en aquel lugar no hay lámparas por doquier, lo que permite sentir la oscuridad abrigando el campo y los cuerpos de quienes andan por el sitio.
19:00 horas, la chiva que va hacia Guarne nos dejó precisamente en aquel lugar oscuro. El zumbido de carros y motos a gran velocidad conquistaba el silencio de la noche; pronto nos adentramos por un atajo poco iluminado rodeado de árboles, arbustos y cercas. A medida que avanzábamos, el camino se hacía más tedioso debido a su humedad e inconsistencia por uno que otro charco que se represaba en el piso producto de la lluvia que había caído en las horas de la tarde. Alejados ya de la vía principal solamente se escuchaba nuestra respiración un poco agitada, el viento al chocar contra las ramas de los árboles y la voz entrecortada de Alejo contando sus historias sobre la vereda – “Es muy raro, hace tiempos en un riachuelo que queda cerca a este camino, una señora abandonó a su hijo”– pausaba por un rato y continuaba su relato – “de vez en cuando éste se escucha llorar a eso de la media noche, pero en el mes de las ánimas se puede oír a diario, es aterrador”.
Alejandro es un joven de 21 años, charlatán y muy bromista, así que rumbo a su casa intentó asustarnos; lo del niño llorón fue una de las tantas historias que nos contó sobre la noche en aquel lugar, no puedo negar que era aterrador lo que se sentía al hablar de muertos, espantos, espíritus y brujas en el ambiente donde sólo éramos tres caminando, acompañados por la opaca luz de la luna.
El recorrido desde la vía duró aproximadamente 15 minutos, hasta que por fin llegamos a la casa, un lugar pequeño con puertas de aproximadamente 1,80 cm. de alto y un ambiente demasiado agradable y familiar; todos salieron a recibirnos haciéndonos sentir “como en casa”. Hablamos, jugamos, comimos y molestamos como hasta las 21:30, ellos a esa hora ya estaban trasnochando pues acostumbran acostarse, como dijo la mamá, “con las gallinas”.
Donde nos acostamos fue en una habitación con dos camas grandes, apartada del resto de habitaciones, las luces se apagaron y Alejo habló un rato más sobre lo que, según él, les había pasado muchas veces: visiones de la mamá, pasos en la casa, golpes a la puerta y el berrido desgarrador del niño. Entre aquella conversación Alejo y sus hermanos se durmieron; y Wilmar, el amigo con el que habíamos subido, no lograba cerrar sus ojos, fue así que me mantuvo despierto por unos minutos más. A eso de la 1:00, Wilmar nos despertó a todos sudando porque, según él, había percibido el lamento del niño –“Lo escuché lejos, y después se iba acercando hasta la puerta, cuando menos pensé ya se sentía dentro del recinto como si me llorara al oído”. La mañana fue larga a partir de ese momento, él se tranquilizó pero no pudo conciliar el sueño, yo sentía sueño pero no me lograba dormir por el aullido de los perros que me causó pánico hasta el amanecer.
Una leyenda más en una vereda de tantas, ¿verdad, superstición, imaginación, agüero o simple fantasía? Según Alejo, la historia se repite varias veces al año; según Wilmar, la vivió en carne propia; yo sólo fui un espectador, y hoy digo como dice el adagio – “No creo en brujas, pero de que las hay, las hay”.
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