LA VID DEL PLACER (PERIODISMO I)

Embriagados de amor

Jorge H. Mejía Mesa

Comunicación Social y Periodismo

Universidad de Antioquia

Las copas de vino tinto se mimetizaban con la galería de arte de desnudos donde prevalecía un color rojizo como símbolo de sensualidad; aquellos cuadros de diferentes tamaños adornaban el salón de mesas y sillas cómodas, pero con ausencia de gente. Juan y Marcela se encontraban en una de las esquinas intentando ocultar su atracción física. Era su segunda cita, pero esta vez no de manera virtual.

Música suave ambientaba el lugar de luces blancas y aroma a miel. La pareja de la noche no podía estar en mejor sitio, ese era el adecuado. Entre miradas de curiosidad y picardía, sonrisas, palabras, silencios, y sorbos de vino los excitados jóvenes dejaban de lado su desconfianza y empezaban a conocerse más íntimamente. Ahora un nuevo elemento comenzaba a hacer parte del romance: los besos.

La temperatura en el recinto aumentaba con ellos, gotas de sudor se deslizaban por la piel de ambos mientras juntaban sus bocas y enredaban sus lenguas, era claro que no debían estar más en aquel lugar… Ya habían hablado lo suficiente.

Juan pasó su mano derecha suavemente por la mejilla de Marcela mientras le hacia cosquillas con su otra mano en la cintura, y con travesura en su mirada le susurró al oído –¿Nos vamos a otro sitio?– a lo que ella con una sonrisa nerviosa y un movimiento de cabeza dijo sí. De esta manera juntaron sus manos y se desplazaron hacia un lugar más privado.

En el hotel, en la intimidad de la recamara, en aquel cubículo de cama sencilla, baño enchapado, ventana empañada y un pequeño televisor, se despojaron de su ropaje con lentitud. Ya no se cruzaban palabras, sólo se escuchaba la respiración fuerte e incontrolable de ambos y una gotera que caía constantemente en el lavamanos. Sus cuerpos desnudos totalmente estuvieron expuestos por un momento a sus miradas, pero no lo soportaron y se mezclaron sin vacilación; ahora dos se habían convertido en uno, donde manos y labios se recorrían y acariciaban, como si el uno se quisiera meter dentro del otro, como si se quisieran comer de manera literal. El desespero los llevó a la cama, después cayeron al piso frío, lo único que importaba en ese momento era la piel, el sexo, el placer, llegar al éxtasis o al nirvana. Del ritual para el desfogue hicieron parte los gemidos, la pasión, las caricias y otros tantos elementos que quedaron marcados en el cuerpo o que acompañaron durante unos minutos la silueta húmeda estampada en el piso. Esa noche dos extraños se conocieron, tomaron vino y se embriagaron de amor.

El sol se asomó por la ventana reflejando su luz en las colchas blancas y algo transparentes que cubrían los cuerpos carentes de vestido; el nuevo día anunciaba la separación de los seres que en algún momento se fundieron en uno. Juan se duchó y se despidió de su amante con un beso en la frente abandonando así el hotel para encontrarse con su novia. Marcela horas más tarde salió del lugar directamente al trabajo y en la noche de nuevo ella, frente al computador, buscando en el chat un hombre con quien tomar vino para embriagarse y hacer el amor.

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