La virtualidad en la que vive Osvaldo (Periodismo I)
John Alexander Bedoya Restrepo
Comunicación social/periodismo
Seccional Oriente
Con picardía se estremece, sé entonces que todo lo que me cuenta esta dibujado en su mente, fantasea, y estalla en sensaciones. Conozco hace más de tres años a Osvaldo cuando entonces jugaba conmigo baloncesto. Suele pintarse los ojos con lápiz negro, no le falta el polvo numero dos en su rostro, “tenés una cuchilla por ahí, es que me afeite hoy la barba y tengo un pelo que me jode.” Es muy pulido, con lo que más se afina es con su cabello, no concibe que le toquen su cabellera. Ha mantenido durante meses una mentira que lo llena de entusiasmo, dice que tiene una barbería y que la llama Ego, y que en compañía la trabaja en el barrio el Porvenir de Rionegro. Cuando pasamos por El barrio Berna, comenta que le gustaría conseguir su verdadero local allí, por los chicos tan guapos que seguramente pasarían por las manos y tijeras de Osvaldo. Es muy creativo, es fanático del arco iris, le gusta el tecno y navegar por internet.
Ese sábado Osvaldo le daba contraste a la noche con su pinta; tenia puesto un jean verde, una camiseta negra y una gorra del color de su pantalón. La rumba de los fines de semana y las personas que a ido conociendo han transformado su forma de ser; pienso mientras nos abrimos paso hacia la caja de luces y sonidos, la discoteca catavientos en El Carmen de Viboral.
En el interior de la caja muchos colores se perdían con las coloridas prendas de todos los chicos de la mesa. Mientras baila, Osvaldo recuesta su mano en el hombro de Juan David, le habla al oído, los dos voltean y un movimiento de aprobación con la cabeza acompaña los tragos de ron al unísono. No sé de quien han comentado, tal ves de gallo, o un chico guapo con el que aspira fantasear en la soledad de su habitación. Cuando empecé a salir con él a discotecas, la mayor parte de la noche se la pasaba sentado, y muy de ves en cuando se paraba, a excepción de esas noches donde nos acompañaba alguien, es más, ni siquiera le gustaba entrar a catavientos; pero los tiempos cambian y así mismo muchas personas. Antes de salir hacia la discoteca me preguntó que si no me daba pena salir con ellos, me sonó algo despectivo, y con un gesto le di a entender que para mi era normal.
Estamos en la búsqueda de un estatus, nos zambullimos entre relaciones de amistad, en grupos sociales y de repente salimos, ¿Será entonces que Osvaldo ha encontrado su lugar? “Si yo fuera mujer seria una ‘entaconada’, es decir, una muy bien vestida y atrevida, que resalta y atrapa, como esa”, me dijo una noche cuando veíamos un video de Don Omar. El placer lo encuentra en los hombres, ‘machos cabríos’, y ha hallado en la personalidad de otros más histriónicos la vía para socializar sus gustos y fantasías.
A las doce y treinta los tragos se hacían notar en Osvaldo, mira a los policías, a los hombres grandes y de mirada ruda, chismorrea con los amigos que reparan, “mira ese calvo” y murmuran. Ahora quieren beber más, y uno de los chicos invita “hay feria equina en el coliseo, vamos.” Muchos caballos con pasos finos, rancheras, aguardiente, y hombres que cabalgan y levantan los ánimos de los osados.
Hay un dicho que dice por ahí, que ‘cada quien haga de su culo un balero’; Osvaldo consciente su espíritu al salir a la calle, se satisface con la virtualidad de hombres esbeltos, y en las noches le da rienda suelta a los sueños que le descubren las mejores fantasías con los chicos que ve despierto.
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